Todos somos operantes
de nuestro propio camino,
vamos trazando la ruta
de nuestro propio destino.
Tortuoso o deslizante,
montañoso o rectilíneo,
en el valle o en la cumbre
o al borde del precipicio.
Con cintas negras de asfalto
o calzada de granito,
o simplemente la tierra
cubre, a nuestro paso, el piso.
Con paradas y descansos,
con miradores bellísimos,
con vistas de amaneceres
y entre vergeles floridos.
Pero hay quien prefiere las sombras,
la obscuridad, y el delirio
le aparta de construir,
con sensatez, su camino.
Hay quien prefiere el desierto,
encarnado en beduino,
donde el viento forma dunas,
borrando lo construido.
Pero a veces encontramos
cruces en nuestro camino,
interferencias malignas
que socavan lo erigido.
Unos lo hacen más largo,
otros acortan su sino,
pero todos ponen fin
al trazo de su camino.